Heráclito y Parménides en el Cerro la Ballena
Es tarde. El día ya se fue y queda ese silencio medio cansado que aparece después de la once. Misteriosamente, en la falda del cerro la Ballena, hay una tetera aún tibia, pan partido a mano y dos tazas que ya no botan vapor. Afuera, la calle está tranquila, pero no dormida. Se escucha de vez en cuando un auto pasar, un perro ladrar a lo lejos. La vida a la falda del cerro es así.
Un hombre dice que es el Heráclito de Puente Alto. Está apoyado en el respaldo de la silla, mirando por la ventana, como si estuviera siguiendo algo que no se ve. Otro hombre con cara de Parménides, en cambio, está derecho, con la taza tomada con las dos manos, sin apuro. No hay apuro. La conversa parte sola.
Heráclito se queda callado un rato. Da un sorbo a la taza ya casi fría.
(Heráclito sonríe apenas, como quien acepta algo sin decirlo del todo).
Las tazas quedan vacías. Nadie se levanta todavía. Afuera, la noche sigue igual, aunque ya no es la misma que cuando empezó la conversa.
Siguen sentados. Nadie apura la noche. La tetera ya está vacía, pero nadie se levanta a llenarla. Hay silencios que también conversan.
Heráclito se inclina hacia adelante, apoya los codos en la mesa.
Heráclito:
—¿Sabís qué es lo que más me molesta? Que la gente se aferra a que “siempre fue así”. Como si eso fuera una buena razón para no cambiar nada.
Parménides:
—Y a mí me molesta lo contrario: los que creen que porque todo cambia, nada importa. Como si mañana pudieran ser cualquier cosa y hoy no respondieran por nada.
Heráclito:
—Pero si no te movís, te oxidai. El carácter se hace en la pasada, no guardado en una vitrina.
Parménides:
—El carácter se hace porque hay algo firme en ti. Si fueras puro cambio, no habría responsabilidad. Nadie podría decir “esto soy”.
Heráclito se queda pensando. Afuera pasa una micro, lenta, casi vacía.
Heráclito:
—Capaz que el problema sea creer que el cambio es puro desorden. El cambio también tiene ritmo, po. Como el fuego: quema, pero no quema cualquier cosa ni de cualquier forma.
Parménides:
—Ahí te acercai más a lo que digo. Porque incluso el fuego necesita ser fuego. Si no, sería nada.
Heráclito:
—Entonces el error no es cambiar, sino cambiar sin cachar qué se está moviendo.
Parménides:
—Exacto. Y el otro error es quedarse pegado, creyendo que conservarlo todo es ser profundo.
Se hace otro silencio. No incómodo. De esos que pesan, pero ordenan.
Heráclito:
—Al final, parece que pensar es aguantar la tensión no más. No escapar ni al cambio ni a lo que permanece.
Parménides:
—Pensar es no arrancar cuando la cosa se pone difícil. Ni para un lado ni para el otro.
Heráclito asiente, lento.
Heráclito:
—O sea, vivir sabiendo que no somos los mismos…
Parménides:
—…pero tampoco somos cualquiera.
Se miran. No hay triunfo, no hay ganador. Solo acuerdo parcial, que es lo máximo que se consigue en filosofía.
Heráclito:
—Igual es chistoso. Tú cuidando el ser, yo defendiendo el cambio…
Parménides:
—…y los dos tratando de que la vida no se vuelva una pura lesera.
Heráclito sonríe, ahora sí, sin ironía.
Heráclito:
—Ya, compadre. Mañana seguimos. Si es que mañana somos los mismos.
Parménides:
—Lo suficiente como para continuar la conversa.
La noche avanza. Afuera todo parece igual, pero no lo es. Y adentro, sin que nadie lo diga, algo ya cambió… y algo quedó.
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