Heráclito y Parménides en el Cerro la Ballena
Es tarde. El día ya se fue y queda ese silencio medio cansado que aparece después de la once. Misteriosamente, en la falda del cerro la Ballena, hay una tetera aún tibia, pan partido a mano y dos tazas que ya no botan vapor. Afuera, la calle está tranquila, pero no dormida. Se escucha de vez en cuando un auto pasar, un perro ladrar a lo lejos. La vida a la falda del cerro es así. Un hombre dice que es el Heráclito de Puente Alto. Está apoyado en el respaldo de la silla, mirando por la ventana, como si estuviera siguiendo algo que no se ve. Otro hombre con cara de Parménides, en cambio, está derecho, con la taza tomada con las dos manos, sin apuro. No hay apuro. La conversa parte sola. Heráclito: —¿Cachai que nada se queda quieto? Uno cree que el día fue igual al de ayer, pero no. Algo siempre se mueve, aunque sea por dentro. Parménides: —Eso es lo que uno siente, no más. Pero sentir no es lo mismo que entender. Si todo cambiara de verdad, no habría ni siquiera de qué hablar. Heráclito...